SOÑAR CAMINOS, CAMINAR SUEÑOS

Por Ana Daniela Cervantes

Durante años, el sonido de los aviones al pasar sobre la Ciudad de México por las noches me hacía recordar, casi como un ritual: tú tienes un sueño y el tiempo pasa. Los días duran menos, se cumplen años y las responsabilidades se hacen más difíciles de ahuyentar.  El sueño era estar dentro de uno de esos ruidosos aviones, volando por encima de la ciudad por la noche viendo por la ventana las luces de mi ciudad, en una travesía hacia el Viejo Mundo. En 2022 lo logré; España fue el país que me dio la bienvenida a Europa. En septiembre pisé por primera vez el continente que, desde que tengo 12 años, anhelaba conocer. Era mi turno de recorrerlo, entender la fascinación de las personas que lo conocen, ahora me tocaba con 26 años.

¿Cómo viven? ¿Qué nos hace tan diferentes? ¿Realmente somos diferentes? ¿En qué, por qué? ¿Y su comida, el vino, los quesos?

El viaje no fue pasajero, era por un año. Se trataba de la primera vez que llegaba a Europa y era para quedarme a vivir. Sumergirme en una cultura y entorno completamente nuevo por un año, sola.

Suena aterrador. ¡Sí que lo era! Esa sensación de avanzar a un nuevo lugar, aunque no estés “lista”, lo que sea que eso signifique.

¿Habré tomado una buena decisión? ¿Dónde viviré, con quién? ¿Y el choque cultural? ¿El homesick? El homesick…

Era hacerse a la idea de que la rutina cambiaría por “un buen rato”, que para poder llegar hasta ese momento era necesario renunciar a un trabajo estable, poner en stand by los planes con mi pareja y los momentos con mi familia y amigas.

No me pesó. Recuerdo esa emoción de saber que el día se acercaba cada vez más. Estaba lista y más que dispuesta de que mi vida cambiara. Lo quería con todas mis ganas. Tenía ilusión de ver qué tanto me hacía falta conocer. Que lo digo: tenemos tanto que conocer, comer, viajar, escuchar, leer, ver, que el mundo nos queda grande y entre más grande más emocionante o aterrador.

Llegué a Madrid, España, por la noche con mis papás. Me supo diferente el primer destino de esta larga travesía. Al ser acompañada por ellos no me “caía el veinte” del gran giro que me esperaba. Era como un arma de doble filo: tranquilidad, compañía; extrañarlos, soledad, miedo. La buena y la mala de que llegues acompañada, respectivamente.

Tres días después, ellos continuaron con su viaje alrededor de Europa y a mí me tocaba seguir el mío en Barna (una abreviación de Barcelona).

En tres personas habitaban una mezcla de sentimientos que abrumaba de alguna manera. Ellos con el foco en: disfrutar, fluir, comer, conocer. Yo: incertidumbre, sueño, dudas, miedo, ilusión, emoción.

Fue en ese momento en que se acabó mi zona deconfort.

Me tocó vivir a flor de piel el sentimiento que produce migrar. Migrar a ese mundo que desde pequeña idealicé, que escuchaba historias y deseaba vivir. Me tocaba ponerle cara a este Viejo Mundo tan codiciado y venerado por los mexicanos.

Ahora era mi turno. Es mi turno. En mi experiencia, la decisión de poner en pausa por un tiempo indefinido los proyectos que se quedaron allá donde naciste, te criaste, has creado una vida y tienes a tu red de apoyo requiere de valentía y resiliencia. Porque hacerlo trae consigo momentos que nuncaolvidarás. Buenos y malos. La vida es eso: contrastes.Muchos colores, no sólo negro o rosa.

En fin… el choque cultural; la riqueza del idioma español y la fortuna de comenzar una vida en una ciudad donde te puedes comunicar en tu mismo idioma; las personas; el clima; los edificios; el transporte, la forma de vivir y percibir el mundo se enriquece y fortalece.

Lejos de las influencias familiares y sociales habituales, te encuentras con la oportunidad de reflexionar sobre tus valores, metas y pasiones.

La inmersión en una nueva cultura y la exposición a diferentes perspectivas amplían nuestra comprensión del mundo y nos permiten reevaluar nuestras propias creencias y suposiciones. Se trata de un proceso de autoexploración que es capaz de llevarnos a cambios profundos y duraderos, crecer y encontrar una mayor autenticidad para lo que queremos en nuestras vidas.

“Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!... ¿Adónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero...-la tarde cayendo está-.” Antonio Machado.

Nos toca seguir soñando caminos, y admirar los que recorremos.

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