Realidad virtual: ¿En dónde realmente estoy parado?

Por Enrique P. MX

Que la realidad supera a la ficción y que cada día perdemos más la capacidad de asombro, es un hecho. Sin duda, en el pasado se cometían abusos y atrocidades de las que nadie o muy poca gente se enteraba. Por citar algunos ejemplos, los patrones que abusaban de los trabajadores en las plantaciones y en las haciendas, niños violados en retiros religiosos, negociantes vendiendo artículos indispensables a precios injustos, persecución de personas por su forma de pensar, etc.

Pero hemos de dar gracias al avance de los medios de comunicación, pero más a la persistencia de los comunicadores, porque hoy podemos enterarnos de los abusos y atrocidades con kuba relativa facilidad, aunque haya quienes se empeñan en torcer la realidad y hacer parecer cosas malas como buenas y viceversa.

Al pensar en todo esto y preguntarnos qué realidad estamos viviendo, la que nos hacen creer, la construida por los que pueden, la que nosotros fingimos, por ejemplo; recordé a un amigo que franca y directamente lo expresó así: ¡la realidad es una mierda compadre! y no sin una irónica sonrisa, tratando de no evidenciar mi rotundo acuerdo con su expresión y forma de ver la situación que vivimos, de inmediato me vino a la mente una fábula que inventé hace tiempo, aún con cierta ingenuidad y casi inocencia, la cuál me parece muy ad hoc para hacer alusión a la virtual realidad en la que vivimos y que a continuación les contaré:

Y era pues una hormiguita niño que como todas nació en un hoyo y por el comportamiento y costumbres de las demás se habituó a ese proceder normal y sistemático, donde las cosas se hacen felizmente sin cuestionar; se come lo que hay, pensando en lo rico y bueno que es, aunque sea poco, el acostumbrado olor de las cosas que vienen y van, el gandalla del hoyo que come o acapara más e inclusive el movimiento incesante de los que salen y entran y que, como hormiga individual no obtiene mayor felicidad más que saber es parte del hoyo.

Pero un día, al crecer, el joven hormiguita miraba cosas lejanas y veía que con cierta frecuencia caían a inmediaciones del hoyo hormigas de otro tipo y otros insectos raros, a los que los habitantes del hoyo se encargaban de despedazar y así disolverlos en el sistema. Los horizontes lejanos y los insectos caídos le causaban muchas dudas al joven hormiguita, pero las que más le hacía arder las patas eran, ¿en dónde realmente estoy parado? ¿en qué se diferencía este hoyo de los hoyos de donde vienen los insectos caídos? por lo tanto, decidió caminar fuera del sendero donde lo hacía todos los días, claro, no faltó quien le dijo ¡regresa al camino! O ¡te van a despedazar! pero siguió avanzando hasta llegar a los límites de lo que, se dió cuenta, era una especie de islote, en el que, al mirar hacia atrás por dónde vino,

se dio cuenta que donde estaba su hoyo era algo de feo aspecto y por fin entendió que el olor que le era familiar, no era sino el resultado de la combinación de la fetidez de enormes revolturas de basura, desperdicio, trozos enormes de algo que le parecieron heces fecales de enormes seres que todo lo manchaban con ese excremento, y en general, su islote era el apilamiento de todo tipo de sobra y engendro en descomposición.

La anterior visión le despertó más dudas a la hormiguita, lógicamente prevalecía en su mente una pregunta fundamental: ¿y cómo hacerle para salir del islote donde estaba su hoyo? pensando en cómo salir de ahí y qué habría más allá transcurrió su juventud. Sin embargo un día llegó a la orilla del islote un trozo de eso café, parecido a la madera, pero masiblando, fétido en sí, pero como la única y maravillosa oportunidad de ir más allá. El trozo de excremento surcaba las negras aguas sin rumbo definido, de aquí para allá, algunos días chocaba con trozos más grandes o con islotes iguales o peores que el suyo, los que eran visitados por la hormiguita. Lógicamente en su viaje a veces comía abundante entre los desechos y a veces no comía nada, siempre era muy relativo.

En esos vaivenes, una rapaz ave confundió con un pez gordito al trozo de excremento que la hormiguita ya hasta había acondicionado como hogar y el ave se empezó a elevar, como es natural, la visión de la hormiguita se amplió mientras subía, hasta el punto de darse cuenta que siempre había vivido en una enorme laguna de ex- cremento y que como todas las lagunas de algún modo llegan al mar, dándose cuenta también que, ya sea por lo penetrante o por la naturaleza misma de los gases que tienden a subir, el hedor, entre más arriba, más se concentraba; repentinamente, ante la fuerza de las garras del ave y la propia consistencia del trozo de excremento, se le escurrió, cayendo casi moribunda la hormiguita, pero esta vez quedando en una de las cumbres más altas, en donde se dio cuenta con el tiempo que todos usan los montones que forma la descomposición de cosas de deshecho de cada hoyo para mantenerse arriba, no importa que unos huelan peor que otros, ya que eventualmente llegan aires nuevos, aunque al no haber filtros se contaminan igual, que para sobrevivir arriba hay que tirar los deshechos para mantener despejado tu lugar y que, quien menos te esperabas, en quien creías que por lo menos iba a ayudar, en cuanto se ve rodeado de excremento, su primera reacción es tirarlo para donde se pueda y que al final, todo lo que se tira va a los de más abajo.

Ya sabes, las fábulas así son, parecidas a la realidad, solo cámbiale los lugares y los personajes, por cruda que parezca.

Como lo afirmé al principio, afortunadamente ya nos podemos dar cuenta, aunque insisto, haya quienes hagan hasta lo imposible por evitarlo, sin embargo, las posibilidades y capacidades que hoy tenemos evitan que cualquiera nos quiera llenar de su mierda y se le ocurra pensar que así somos felices.

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